Exposición de la insuficiencia de la religiosidad formal
A continuación, Jesús profundiza su argumento al tratar la religiosidad formal, específicamente en el contexto de la oración. Él declara:
“Y al orar, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos” (Mateo 6:7).
Con esto, demuestra que incluso la práctica religiosa, cuando se reduce a una formalidad externa, no establece por sí misma una relación verdadera con Dios. Los gentiles también oran, también buscan lo divino y también expresan devoción. Así, la religiosidad externa, aislada de la verdadera sujeción a Dios, no constituye evidencia de la justicia propia del reino. El contraste revela que el problema no reside en la ausencia de práctica religiosa, sino en la falsa confianza depositada en la propia práctica como fundamento de la relación con Dios.
En resumen, Jesús avanza ahora hacia la esfera religiosa al demostrar que:
La práctica religiosa externa también es común entre los gentiles.
La repetición religiosa no establece una relación con Dios.
La progresión lógica evidencia que no solo el comportamiento moral, sino también la religiosidad externa es insuficiente; es decir, ni la moralidad natural ni la religiosidad formal derivada de la ley producen la justicia requerida.
Exposición de la insuficiencia de la seguridad existencial basada en la provisión
El argumento alcanza un nivel aún más profundo cuando Jesús aborda la cuestión de la seguridad existencial basada en las provisiones materiales. Al afirmar que “los gentiles buscan todas estas cosas” (Mateo 6:32), refiriéndose a las necesidades materiales de la vida, expone la tendencia humana de buscar seguridad en lo visible y tangible. Esta búsqueda no es exclusiva de los gentiles, sino que representa la condición natural del hombre cuando vive independientemente de la confianza en Dios. El contraste evidencia que la diferencia fundamental entre quienes pertenecen al reino y quienes no pertenecen a él no reside simplemente en el comportamiento externo, sino en el fundamento de su confianza.
Se confía en Dios en lo que respecta a las cuestiones de subsistencia, pero se olvida que la providencia divina tiene como presupuesto bienes futuros. Mientras los gentiles viven en función de la preservación de su propia existencia, los hijos del reino son llamados a confiar en aquel que conoce sus necesidades antes de que las expresen.
Este enfoque argumentativo profundiza aún más el argumento al demostrar que:
Los gentiles viven buscando seguridad en las cosas materiales.
La búsqueda de seguridad material es característica de quienes no conocen a Dios como Padre.
La diferencia entre quienes pertenecen al reino y quienes no pertenecen a él no está en el comportamiento moral ni en la religiosidad externa, sino en el fundamento de su relación con Dios como Padre.
El punto culminante de la estructura: la exigencia de perfección
Es en este contexto donde se comprende el sentido pleno de la declaración:
“Sed vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mateo 5:48).
Esta perfección no se refiere a una perfección moral alcanzada mediante el esfuerzo humano, sino a la perfección que caracteriza al propio Dios, especialmente como se describe en el versículo inmediatamente anterior:
“Porque hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:45).
Aquí, Jesús revela la naturaleza de la perfección divina: Dios no actúa basándose en la reciprocidad humana, ni condiciona su benevolencia al mérito de quienes la reciben. Su acción es providencial, benevolente e independiente de la condición moral de los hombres. El sol y la lluvia, elementos esenciales para el mantenimiento de la vida, son concedidos indistintamente tanto a los justos como a los injustos. Esto demuestra que la perfección de Dios reside en su iniciativa soberana y benevolente, no como respuesta al comportamiento humano, sino como expresión de su propia naturaleza.
Esta revelación es decisiva, pues desmitifica la suposición de que la observancia de la ley, en sí misma, confiere una justicia superior. Si los oyentes deseaban ser reconocidos como hijos de Dios, debían comprender que la naturaleza de esta filiación no se fundamenta en la mera reciprocidad moral, sino en conformarse a la lógica generosa de la acción divina. Por eso, Jesús ordena que amen a sus enemigos, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los persiguen, pues así es como Dios actúa: Él concede sol y lluvia tanto a quienes lo honran como a quienes lo rechazan. El modelo presentado no es la justicia humana basada en la retribución, sino la perfección divina basada en la iniciativa soberana del propio Dios:
“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os maltratan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:43–44).
De este modo, se rechaza la suposición de que el hombre puede, mediante sus propias acciones basadas en la ley, alcanzar la justicia exigida por Dios. La perfección de la justicia divina no es una condición que el hombre pueda reproducir mediante la observancia de mandamientos, sino una realidad que procede exclusivamente de Dios. Así, al exigir perfección — “Sed vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mateo 5:48; cf. Deuteronomio 18:13) — Jesús no establece un estándar alcanzable por la capacidad humana autónoma, sino que revela la naturaleza de la justicia que procede del propio Dios, necesaria para entrar en el reino de los cielos.
El contraste entre el comportamiento humano, basado en la reciprocidad y en la observancia externa de la ley, y la acción soberana y generosa de Dios evidencia que la justicia del reino no es producto de la naturaleza humana, sino resultado de la iniciativa divina. La progresión del discurso es deliberada y pedagógicamente estructurada. Jesús conduce a sus oyentes desde aquello que consideraban suficiente — la justicia basada en la ley — hasta el reconocimiento de su insuficiencia, preparándolos para comprender que la justicia que Dios exige no puede ser producida por el hombre, sino que debe proceder del propio Dios.
La lógica es:
Los publicanos hacen esto.
Los gentiles hacen esto.
Por lo tanto, esto no es justicia del reino.
Conclusión inevitable: la justicia exigida no puede ser producida por el hombre. Esto prepara el fundamento para el llamado central del evangelio: no confiar en la propia justicia, sino someterse al reino de Dios.
De este modo, toda la progresión argumentativa del Sermón del Monte conduce a una conclusión inevitable: la justicia basada en la observancia externa, en la religiosidad formal o en la seguridad existencial basada en provisiones materiales no es suficiente para establecer al hombre en una relación correcta con Dios. Al comparar a los judíos con publicanos y gentiles, Jesús demuestra que, en su condición natural, no existe distinción esencial entre ellos. Todos están igualmente incapacitados para producir, según la ley, la justicia requerida. El propósito de este discurso no es simplemente corregir comportamientos, sino producir un cambio fundamental de entendimiento (metanoia), conduciendo al hombre al reconocimiento de su incapacidad y a la necesidad de someterse a la autoridad de aquel en quien el propio reino de Dios se manifiesta.
La estructura argumentativa del Sermón del Monte y el paralelo con la vida de Abraham
Este mismo principio ya había sido establecido en la historia redentora por medio de Abraham, cuya justicia no procedió de obras ni de la ley, sino de la fe en la palabra de Dios.
A la luz de la estructura argumentativa del Sermón del Monte y de la revelación progresiva de la justicia divina, es posible identificar los principios pedagógicos que conducen al oyente al reconocimiento de la imposibilidad de la justicia humana y a la necesidad de una justicia que procede exclusivamente de Dios. Cuando esta progresión se considera a la luz del patriarca Abraham — paradigma de la fe y de la justicia que proviene de Dios — se hace aún más evidente que el objetivo de Cristo no es perfeccionar al hombre endureciendo la ley, sino conducirlo a la misma relación de sujeción y fe que caracterizó a Abraham.
Obsérvese que Abraham no se relacionó con Dios sobre la base de la justicia de la reciprocidad — amar a quienes lo aman, saludar a los que pertenecen al propio grupo o dar buenas dádivas a los hijos — pues estas prácticas no constituyen una justicia superior, ya que pertenecen al orden común de la naturaleza humana. Esta justicia es horizontal, basada en la reciprocidad, y no establece una relación verdadera con Dios.
En contraste, Abraham se relacionó con Dios sobre la base de la fe y la sujeción a su palabra. Él creyó cuando aún no había promesa visible ni garantía tangible, y su justicia no procedió de una respuesta humana proporcional a un beneficio recibido, sino de la confianza en la palabra de aquel que lo llamó:
“Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia.” (Génesis 15:6)
Abraham no se apoyó en prácticas religiosas, en herencia ni en observancias formales para establecer su relación con Dios. Su justicia fue establecida cuando respondió al llamado divino, abandonando su tierra, su parentela y su seguridad natural:
“Pero el SEÑOR había dicho a Abraham: Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré.” (Génesis 12:1)
Su justicia no procedió de obras según una ley, sino de la sumisión a la palabra (promesa) de aquel que lo llamó.
Abraham es el ejemplo paradigmático de la realidad de la fe. La promesa que le fue hecha no se estableció sobre la base de sus obras, sino sobre la fidelidad de Dios:
“No por tu justicia, ni por la rectitud de tu corazón, entras a poseer su tierra…” (cf. Deuteronomio 9:5)
La promesa precedió a la ley, y la justicia de Abraham fue establecida antes de la existencia de cualquier sistema legal. Esto demuestra que la relación con Dios nunca se fundamentó en la capacidad humana de cumplir mandamientos, sino en la iniciativa divina de establecer un pacto con el hombre. Por esta razón, la perfección no se alcanza por medio de las obras de la ley, sino por medio de la permanencia en la presencia de Dios y la sujeción a su palabra, como el propio Dios declaró a Abraham:
“Anda delante de mí y sé perfecto.” (Génesis 17:1)
La perfección, por lo tanto, no consiste en la autosuficiencia moral, sino en la dependencia y sumisión a aquel que es perfecto.
Es precisamente este mismo principio el que Jesús revela en el Sermón del Monte. Al conducir a sus oyentes desde el reconocimiento de la insuficiencia de la justicia basada en la reciprocidad humana — común a publicanos y gentiles — pasando por la insuficiencia de la religiosidad formal basada en la observancia externa de la ley, hasta la revelación de la perfección del propio Dios, Jesús los conduce al fundamento sobre el cual fue establecida la justicia de Abraham: la sujeción a la palabra de Dios.
Abraham no fue justificado por amar a quienes lo amaban, ni por practicar religiosidad formal, ni por cumplir una ley, pues la ley aún no había sido dada. Fue justificado porque creyó en aquel que lo llamó y se sometió a su palabra. Mientras la multitud entendía que tenía derecho al reino de los cielos sobre la base de su identidad nacional y su justicia basada en la ley — llegando incluso a odiar a sus enemigos como expresión de su distinción religiosa — Abraham demostró su fe por medio de la obediencia absoluta, ofreciendo a su único hijo en holocausto, en respuesta a la orden de Dios (Génesis 22:1–18). Su justicia no consistió en prácticas externas, sino en la sujeción plena a la autoridad de aquel que lo llamó.
La obediencia a Dios no se evidencia en prácticas que incluso los publicanos y pecadores están dispuestos a practicar, sino en la sujeción a su determinación soberana. En el caso de Abraham, esta obediencia incluyó romper lazos familiares, renunciar a su tierra y a su herencia y, finalmente, disponerse a ofrecer a su propio hijo en obediencia a la orden divina, como quien renuncia a lo que le es más precioso (cf. Génesis 12:1; 22:1–18; Lucas 14:26).
Es en esta obediencia donde se manifiesta una justicia superior a la de los escribas y fariseos. Por ello, Jesús intensifica las exigencias de la ley en el Sermón del Monte, no para establecer un nuevo sistema de justificación por obras, sino para exponer la insuficiencia de la justicia humana y evidenciar el contraste entre la justicia basada en la reciprocidad humana — común a publicanos y gentiles — y la justicia que procede de la sujeción a Dios. Al ordenar que amen a sus enemigos y sean perfectos como el Padre celestial es perfecto, Jesús revela un estándar que no puede ser alcanzado por la capacidad humana independiente de la acción divina, lo que remite a la naturaleza de la justicia que procede exclusivamente de Dios.
Así, Abraham se convierte en el paradigma de la relación correcta con Dios, no como ejemplo de mérito humano, sino como testimonio de que la justicia se establece en aquellos que se someten a la palabra divina. Su vida demuestra que la justicia no es producto de la ley ni de la naturaleza humana, sino de la fe en aquel que llama y de la obediencia a su voz.
De este modo, el Sermón del Monte no presenta un camino por el cual el hombre pueda alcanzar justicia por medio de obras superiores, sino que revela la imposibilidad de la justicia humana como fundamento de la relación con Dios. Su propósito es conducir al hombre al reconocimiento de la necesidad de una justicia que procede del propio Dios y preparar el camino para el reconocimiento de aquel en quien esa justicia se manifiesta plenamente. Cristo no vino a perfeccionar la justicia humana, sino a revelarse como el fundamento de la justicia que Dios concede a aquellos que, como Abraham, creen en su palabra y se someten a su señorío.
